Una escena de Friends -Phoebe recolectando donaciones frente a Macy’s, una emblemática cadena de retail en EE UU.- retrataba un símbolo cultural. Macy’s era un punto de encuentro emocional y cotidiano. Hoy, al cerrar 150 de sus tiendas físicas, no solo cambia un modelo de negocio: se marca el pulso de una transformación cultural que se viene gestando hace años, donde lo tangible cede espacio a lo digital.
Bien lo sabemos en Chile. El año pasado al menos 10 tiendas del retail cerraron sus puertas. Entre ellas, el clásico Falabella de Lyon que llevaba 31 años funcionando.
Un reflejo de cómo hemos cambiado. Compramos distinto, nos relacionamos distinto y somos identificados de otra manera.
Nuestra identidad ha migrado. Ya no vive solo en documentos físicos, sino en bases de datos, plataformas y sensores. La pregunta es: ¿tenemos control sobre esa identidad digital o la hemos cedido sin darnos cuenta?
Este cambio lleva más de una década gestándose. Lo que antes era tendencia, hoy es normalidad. La escena frente a Macy’s se reemplaza por clics en una web o interacciones desde una app. Cambian los hábitos, y también nuestra forma de habitar el mundo. En mi ciudad, Tucumán, las cámaras de seguridad ya no solo graban: hablan, instruyen. Lo físico y lo digital se fusionan. Lo cotidiano se vuelve más visible y vulnerable.
En este entorno, una identidad digital única, segura y verificable se vuelve esencial para acceder a servicios, ejercer derechos y protegernos frente a amenazas crecientes como el fraude.
Este escenario exige construir una comunidad digital con marcos regulatorios claros, ciudadanos informados y procesos confiables. Ser parte del ecosistema digital trae beneficios: celeridad, privacidad, seguridad, eficiencia. Pero también abre puertas a amenazas crecientes.
La transformación digital solo es sostenible si se apoya en la confianza. Y en el mundo digital, esta comienza con la identidad. Contar con una identidad digital bien diseñada ya no es opcional: es la base de toda experiencia confiable.
Esta identidad permite evitar fraudes, acceder con seguridad a servicios públicos y privados, ejercer derechos digitales y establecer relaciones de confianza entre personas, empresas y gobiernos.
Pero ¿cómo se construye una identidad digital segura? No basta con tecnología. Se requiere experiencia, conocimiento legal, técnico y social, y prácticas auditables alineadas con estándares globales. En un mundo interconectado, la diferencia entre avanzar con confianza o exponerse al riesgo está en elegir al socio correcto.
Hoy, existen soluciones digitales rápidas y de bajo costo, pero muchas veces cargadas de riesgos invisibles. Sin una base regulatoria sólida ni profesionales que actúen como guardianes del cumplimiento, la tecnología puede volverse una amenaza.
La confianza digital es una ecuación poderosa: seguridad + privacidad, sustentada en transparencia. En esta nueva ciudadanía digital, la soberanía sobre nuestros datos debe ser un principio, no una opción. Las organizaciones deben informar y educar: qué datos se recopilan, cómo se protegen, cuánto tiempo se almacenan y por qué una verificación es aceptada o rechazada.
Este enfoque debe incorporar un principio clave: privacy by design. La privacidad no es una función adicional, sino un eje desde el diseño. Solo así se construye un entorno donde el usuario no solo participe, sino que comprenda, confíe y decida.
La estrategia de Macy’s al disminuir su número de tiendas físicas, el auge del ecommerce y el alza del fraude no son hechos aislados. Son señales de un sistema que debe evolucionar.
Porque al final, nuestra relación con el mundo y con los demás también se digitaliza. Y en ese proceso, construir confianza es una responsabilidad urgente.
Por Alberto Juárez, VP del área global de Digital ID & Trust en Sovos
