Cada septiembre, Chile reaparece en gestos. En una receta aprendida mirando a nuestras madres, en las historias de los abuelos y en una cumbia que reúne a la familia.
Basta que suene “El Galeón Español”, para que alguien cante y los más jóvenes descubran una canción que parecía saber toda la casa.
La chilenidad no está solo en las banderas, la cueca o las empanadas. También vive en costumbres que recibimos de otros y que pueden desaparecer si nadie las comparte: un trompo, una partida de payaya, un luche dibujado con tiza o una anécdota familiar forman parte de lo que somos.
Los niños y niñas no hacen propias las tradiciones porque las observan una vez al año. Necesitan vivirlas: ayudar a cocinar, aprender un juego, una paya, preguntar cómo celebraban sus abuelos o conocer el relato detrás de una costumbre.
Y aquí los adultos tenemos una tarea. No podemos esperar que los niños valoren aquello que nunca les mostramos.
Tampoco sirve imponerlo como una obligación. Hay que abrirles la puerta con cariño, responder sus preguntas y permitir que también creen sus propias versiones.
Estas Fiestas Patrias podemos dejar por un momento los teléfonos, preparar juntos una receta, enseñar el corre el anillo, sacar el trompo o leer un cuento chileno.
No hace falta organizar algo perfecto. Hace falta estar presentes.
En Fundación ALMA sabemos que leer, jugar y conversar fortalecen los vínculos y contribuyen al desarrollo infantil. También son maneras concretas de transmitir identidad, afecto y pertenencia.
Celebrar Chile es decidir qué país queremos entregarles. Uno que cuide sus historias, reconozca a quienes estuvieron antes y pueda crear recuerdos nuevos.
Porque la chilenidad no se conserva sola: se cuenta, se canta, se juega y se comparte. Y, al heredarse, crea vínculos que ni el tiempo puede romper.
Carmen de la Maza, Directora ejecutiva de Fundación ALMA
