Octubre, el Mes de la Ciberseguridad, invita a poner nuevamente el foco sobre una problemática que dejó de ser exclusivamente técnica para convertirse en un fenómeno económico global.
El cibercrimen ya mueve alrededor de US$10,5 trillones al año, una magnitud que lo posicionaría como una de las principales economías del mundo.
Pero el escenario actual plantea un nuevo desafío: ya no se trata únicamente de la cantidad de ataques, sino de su sofisticación, precisión y capacidad de generar impacto.
Al mismo tiempo, la incorporación acelerada de herramientas de inteligencia artificial por parte de empleados y equipos de trabajo está abriendo una nueva superficie de riesgo para las organizaciones.
IA que entra por la puerta de atrás
El avance de la inteligencia artificial generativa está transformando la manera en que las empresas trabajan, pero también está generando un fenómeno conocido como Shadow AI: el uso de herramientas y aplicaciones de inteligencia artificial por parte de empleados sin la autorización, supervisión o conocimiento del área de IT o
de seguridad de la organización.
El problema no es necesariamente la herramienta en sí misma, sino qué información se introduce en ella y qué sucede posteriormente con esos datos.
Documentos internos, información de clientes, contratos, código fuente, datos financieros o información estratégica pueden terminar siendo ingresados en plataformas externas sin que la empresa tenga visibilidad sobre cómo son procesados, almacenados o protegidos.
De esta manera, la inteligencia artificial puede convertirse en un nuevo canal de fuga de información y generar riesgos de privacidad, cumplimiento normativo y propiedad intelectual.
En este contexto, Sergio Oroña, CEO de Sparkfound, empresa de cibervigilancia, explica: “El Shadow AI representa un cambio importante en el paradigma de seguridad. Antes las empresas podían concentrarse en controlar qué aplicaciones ingresaban a su infraestructura; hoy los empleados pueden acceder a una herramienta de IA desde cualquier dispositivo y utilizarla para procesar información corporativa en cuestión de segundos”.
Y agrega: “El desafío no consiste en prohibir la inteligencia artificial, sino en establecer políticas claras sobre qué información puede compartirse, con qué herramientas y bajo qué condiciones. La IA tiene que incorporarse a las
organizaciones de manera segura, con controles, monitoreo y educación de los usuarios”.
Este 2026 los ciberataques no necesariamente aumentan en cantidad, pero sí en sofisticación, velocidad y efectividad.
En este nuevo escenario, otro de los principales desafíos es que la disminución en determinados volúmenes de ataques no necesariamente implica una mejora en el nivel de seguridad. Los ciberdelincuentes están utilizando herramientas cada vez más avanzadas para seleccionar objetivos, automatizar procesos, personalizar
campañas y aumentar las probabilidades de éxito.
La IA también está siendo aprovechada por los atacantes para perfeccionar técnicas de ingeniería social, generar contenidos más convincentes y acelerar diferentes etapas de una operación maliciosa.
Esto obliga a las organizaciones a dejar de medir exclusivamente su nivel de exposición por la cantidad de incidentes recibidos y comenzar a evaluar la sofisticación, velocidad e impacto potencial de las amenazas.
En Latinoamérica, además, este escenario se combina con otra problemática estructural: la falta de talento especializado. Se estima que solo el 2% de las empresas de la región cuenta con un CISO (Chief Information Security Officer) que lidere la estrategia de ciberseguridad.
En Argentina, la situación también es preocupante: solo el 20% de las grandes compañías cuentan con un SOC (Centro de Operaciones de Seguridad) activo, mientras que entre las PyMEs ese porcentaje se reduce al 5%, dejando a miles de Organizaciones expuestas frente a amenazas cada vez más complejas.
“Estamos frente a un negocio criminal que evoluciona más rápido que la capacidad de defensa de muchas organizaciones. Hoy no alcanza con reaccionar cuando ocurre un incidente: hay que anticiparse, monitorear y contar con mecanismos que permitan detectar comportamientos anómalos antes de que se conviertan en un
problema mayor”, señala Sergio Oroña.
La urgencia de construir organizaciones con ciberresiliencia
En este contexto, una de las claves para enfrentar este nuevo escenario es avanzar hacia un modelo de ciber resiliencia, que combine prevención, monitoreo, respuesta y recuperación.
Esto implica contar con una preparación previa y una planificación clara; monitorear permanentemente para detectar posibles amenazas; establecer protocolos de respuesta rápida y trabajar en la recuperación de los datos y las operaciones.
Pero también requiere un componente que muchas veces queda relegado: generar una verdadera cultura de ciberseguridad dentro de las organizaciones.
En este sentido, el avance del Shadow AI demuestra que la seguridad ya no puede depender exclusivamente de las herramientas tecnológicas. Es por eso que Sergio Oroña: “El usuario también forma parte de la superficie de ataque. Si una persona utiliza una herramienta de IA sin conocer los riesgos que implica compartir información sensible, puede generar una vulnerabilidad incluso cuando todos los sistemas de seguridad de la compañía estén funcionando correctamente”, explica.
No solo infraestructura tecnológica
La combinación de ataques más sofisticados, inteligencia artificial, Shadow AI, falta de talento y creciente exposición de los datos bliga a las organizaciones a adoptar una mirada integral.
En este contexto, el desafío para Latinoamérica será construir un ecosistema digital capaz de combinar tecnología, talento, monitoreo, educación y políticas claras de uso de IA. Porque en una economía cada vez más digital, proteger los datos no significa solamente evitar un ataque: significa también preservar la confianza, la continuidad operativa y el desarrollo económico de las organizaciones.
