La Inteligencia Artificial ya forma parte del día a día. Está en plataformas de atención al cliente, en sistemas que optimizan procesos industriales, en herramientas que redactan textos o analizan grandes volúmenes de datos en segundos. Y en Chile, su adopción crece con fuerza en sectores como la minería, los servicios financieros, el retail y la educación, donde cada vez más organizaciones integran soluciones basadas en automatización y análisis predictivo.
En el marketing digital, por ejemplo, este avance también ha cambiado la manera en que las marcas se relacionan con sus audiencias y toman decisiones estratégicas. Según expertos del sector, la IA dejó de ser solo una herramienta para crear contenidos llamativos o sumarse a tendencias virales y hoy cumple un papel fundamental en el análisis de datos, la segmentación de públicos, la personalización de mensajes y la optimización de campañas. Y cuando se integra con claridad de objetivos y bajo la conducción de equipos con criterio, creatividad y responsabilidad, los especialistas comentan que este instrumento puede potenciar el impacto de las estrategias y generar mejores productos.
Sin embargo, junto con su expansión también se han instalado ideas imprecisas sobre sus capacidades. Ello, porque expresiones como “la IA aprendió” o “la IA tomó una decisión” se repiten con naturalidad, aunque no describen con exactitud lo que ocurre.
En términos técnicos, estos sistemas ajustan parámetros matemáticos a partir de datos con los que fueron entrenados.
Para Igal Weitzman, CEO y fundador de WISE Innovation Studios, no existe comprensión, intención ni conciencia detrás de ese proceso, pues en su opinión, hay modelos estadísticos que calculan probabilidades y generan resultados en función de objetivos definidos por personas.
“La palabra aprendizaje puede llevar a equívocos. Estos sistemas no entienden el mundo ni tienen propósito propio. Procesan información y producen respuestas probables según su entrenamiento”, explica el ejecutivo, quien añade que cuando se habla de decisiones, se está describiendo procesos automatizados basados en reglas y ponderaciones matemáticas.
Poderosa herramienta, pero con límites
Otro elemento relevante es la capacidad para sostener conversaciones fluidas, lo que ha fortalecido la percepción de que las máquinas realmente comprenden aquello que expresan.
Los modelos actuales pueden elaborar textos coherentes, ajustar el tono según el contexto e incluso simular empatía, ampliando así la sensación de interacción genuina. Pero esa apariencia no equivale a entender el panorama ni a tener sentido común. “Simular una conversación no es lo mismo que comprenderla. No hay una mente detrás interpretando significados o evaluando consecuencias como lo haría una persona”, señala Weitzman.
En este contexto, para el CEO de la startup, el desafío no es frenar la innovación ni alimentar temores exagerados, sino promover una mirada informada. Y es que, en el país, una proporción creciente de grandes empresas ya utiliza soluciones basadas en Inteligencia Artificial, lo que abre oportunidades de eficiencia y competitividad, pero al mismo tiempo, exige fortalecer la alfabetización tecnológica de la ciudadanía.
Uno de los riesgos más frecuentes es la sobreconfianza, es decir, la seguridad con que un sistema formula una respuesta puede llevar a asumir que es correcta, pese a que estos modelos pueden equivocarse o reproducir sesgos presentes en los datos con que fueron entrenados, según coinciden expertos.
“La alfabetización tecnológica es hoy una competencia básica. No basta con saber usar una herramienta, es necesario comprender sus límites y evaluar críticamente sus resultados”, afirma Weitzman, precisando que la educación es esencial para que las personas puedan interactuar con la IA de manera responsable y consciente.
Finalmente, el especialista reafirma que la Inteligencia Artificial actual es una herramienta poderosa y en expansión, pero no piensa, no siente ni actúa con autonomía moral.
“Entender esa diferencia no reduce su relevancia, por el contrario, permite integrarla con mayor criterio en la vida económica, social y educativa, evitando mitos y expectativas que no se ajustan a la realidad tecnológica”, concluye Igal Weitzman.
