Hace una década, Chile dio un paso que hoy sigue siendo referente para muchos países: incorporar un sistema de etiquetado que permitiera identificar de manera simple aquellos alimentos con un alto contenido de nutrientes críticos.
La medida buscaba facilitar decisiones más informadas y promover una alimentación más saludable. Sin embargo, el desafío no termina cuando la información está disponible, sino cuando realmente sabemos interpretarla.
Hoy es frecuente que la elección de un alimento se reduzca a una sola cifra: las calorías. Es comprensible, porque durante años ese fue el indicador más conocido.
Pero una alimentación equilibrada no depende solo del aporte energético. También importan la fibra, los azúcares, las grasas saturadas, el sodio, las proteínas y el tamaño de la porción.
La etiqueta nutricional no fue diseñada para aprobar o condenar alimentos, sino para entregar herramientas que permitan tomar decisiones más informadas.
En un alimento tan cotidiano como el pan, por ejemplo, mirar el aporte de fibra o el contenido de sodio puede ofrecer una visión mucho más completa que observar únicamente las calorías.
Aprender a leerla es un hábito que favorece una relación más consciente con la alimentación y ayuda a dejar atrás decisiones impulsadas únicamente por mensajes publicitarios o percepciones erróneas.
Tampoco existen alimentos «buenos» o «malos» en términos absolutos. Lo relevante es el contexto: la frecuencia de consumo, las porciones y cómo cada alimento se integra a una dieta variada y equilibrada.
Como consumidores hemos avanzado en exigir información transparente.
El siguiente paso es comprenderla y utilizarla a nuestro favor. Porque una etiqueta bien interpretada no solo orienta una compra: también puede convertirse en una herramienta cotidiana para cuidar nuestra salud y la de nuestras familias.
Por Marcela Moreno, Ingeniera en alimentos de Kingsbury
