Hay una idea de Albert Camus que me ha estado rondando con fuerza estos últimos días: el absurdo no es que la vida no tenga sentido, sino el choque entre nuestra necesidad de que lo tenga y el silencio obstinado del mundo.
Pensado en el amor, se vuelve peligrosamente íntimo. Porque cuando amas haces actos profundamente absurdos en clave camusiana: prometes permanencia siendo finita, hablas de “para siempre” en cuerpos que envejecen y mueren, depositas sentido en vínculos que no traen garantía de duración. Y sin embargo, lo hacemos.
En la juventud el amor suele vivirse bajo la ilusión de tiempo infinito. Si no resulta, habrá otro; si duele, se reescribe. El horizonte es amplio y la finitud todavía es una idea lejana. Quizás exigimos al amor que nos dé identidad, estabilidad existencial o que elimine la angustia de vivir. Ahí es donde el amor se vuelve pesado, demandante, imposible. Ninguna pareja puede sostener semejante demanda existencial.
Así vamos envejeciendo. Llegamos a los 60 y tomamos conciencia de que el tiempo no es ilimitado. El amor deja de sentirse como una promesa de eternidad y empieza a experimentarse como una elección situada, encarnada, vulnerable. Porque cada vínculo puede ser el último. No es que pierda intensidad; pierde ilusión de infinitud. Amar es decir: “aunque sé que todo es frágil, te elijo igual”. Eso es rebelión absurda pura: vivir intensamente aun sabiendo que no hay garantía del tiempo porque es limitado. Ya no desde la ingenuidad, sino desde el coraje.
Y seguimos en la búsqueda del amor, la compañía, el erotismo o la intimidad. Se hace, muchas veces, con la misma profundidad que en cualquier otra etapa de la vida, pero con una lucidez distinta.
Una mujer que decide vincularse después de enviudar a sus 70 años no ignora la posibilidad de otro duelo; un hombre que vuelve a enamorarse a sus 85 sabe que quizás no haya décadas por delante. Y aun así eligen amar. He visto parejas mayores que deciden convivir “mientras dure”, sin prometerse eternidad pero cuidando con delicadeza lo que tienen. He escuchado relatos de vínculos tardíos donde el proyecto no es infinito, sino profundamente presente. En esos espacios el amor no desaparece; se vuelve más honesto. Más proporcional al tiempo real que queda. Brutalmente honesto: no hay garantía de éxito, solo la decisión de intentarlo.
Por eso soy una convencida de que debemos transitar del “quiero un amor para siempre” al “quiero un amor que sea verdad mientras exista”.
No porque la duración no importe, sino porque la promesa de eternidad muchas veces ha funcionado como ficción tranquilizadora más que como experiencia vivida. Cuando el amor se reconoce finito, paradójicamente se vuelve más libre. Ya no necesita sostener la fantasía de completitud ni la idea de salvación mutua. Se transforma en elección cotidiana, en presencia compartida, en cuidado consciente de su propia fragilidad.
En ese desplazamiento aparece lo que llamaré una invitación a un amor suficiente. No suficiente como resignación, sino como medida humana posible. Un amor que no promete eternidad, pero sí honestidad; que no exige completitud, pero sí presencia; que no niega la finitud, pero tampoco renuncia al deseo de vincularse. Un amor que se sabe limitado y, justamente por eso, se vuelve más cuidadoso, más consciente, más libre.
Quizás ahí radique su potencia más radical. No dejamos de amar porque sepamos que todo es limitado. Amamos distinto. Con menos ilusión de eternidad, pero con más conciencia de presencia. Amar igual, sabiendo que nada está garantizado, que el tiempo es limitado y que el final está inscrito, no es ingenuidad. Es, tal vez, la forma más lúcida de rebelión afectiva frente al absurdo de existir.
Por Agnieszka Bozani, Fundación GeroActivismo
